6 sept. 2012

Entrevista: Perro habla


¿Cuándo empezaste a hilar historias en forma de cómic?
Dibujo desde que tengo uso de razón. Coincide que hacia los diez años estuve postrado en cama durante casi tres meses por culpa de una hepatitis y me harté de leer tebeos. Por entonces, en mi familia circulaban Don Miki, Piff, Spirou y cosas sueltas de Marvel que nos regalaban los vecinos. Me enganché a todas y comencé a copiar –literalmente- viñeta por viñeta, las historietas de Gaston Lagaffe. André Franquin me parecía el mejor dibujante del mundo y quería saber cómo hacía aquello, cómo convertía personas, edificios, plantas, animales…, todo, en caricaturas tan exquisitas. Me dedicaba a copiarle durante horas. Aún hoy me sigue pareciendo uno de los mejores dibujantes de la historia. Poco a poco comencé a idear cosas propias imitando su estilo. Los guiones provenían de lecturas diversas y, sobre todo, de situaciones cotidianas. Amigos, anécdotas de clase, yo qué sé. En el colegio era el rarete que hacía caricaturas de los profesores. En fin, la historia de muchos.

Entonces has sido siempre lector de tebeos.
Sí. Creo que buena parte de mi generación creció leyendo tebeos y es probable que muchos lo sigan haciendo. De pequeño leía todo y todo me parecía poco: desde el Spirou hasta el Pumby pasando por el DDT, el TBO, el TíoVivo, Mortadelo, las “Novelas Ilustradas”, tomos de Tintín, Astérix y Obélix… Recuerdo que mi  padres me regalaron una reedición de “El Jabato contra los Hombres Leopardo” mi primer día de colegio en los Jesuitas de Pamplona por haber llorado sólo un poco. Ya adolescente, un profesor modernete de dibujo se enteró de que me gustaban los cómics (como él los llamaba) y me introdujo en el universo de Totem, 1984, Metal Hurlant, etc. Entonces tomé conciencia de que alguien debía dibujar todo aquello que yo leía, del concepto de autoría, vaya. Y fui abducido por el planeta Toutain. Conocí clásicos, maestros, genios, artesanos… Moebius, Will Eisner, Alex Toth, Roy Crane, George Herriman, Durañona… Después vinieron Cimoc, Rambla o Cairo, que me obligó a replantearme mi imaginario comiquero. Fue el desembarco en mi vida de Chaland, Swarte, la línea clara, que se llamaba entonces. Un hallazgo. Había meses en que compraba todo lo que se editaba, y el caso es que todo me parecía poco. He leído de todo y me gustan muchas cosas, cada una por su aquél.

¿Sigues leyendo historieta actualmente? 
Sigo leyendo cuanto puedo, pero no es mucho. Compro lo menos posible por razones estrictamente económicas y me reconozco un poco ajeno al fenómeno de la novela gráfica, aparte de Eisner, Spiegelman o David Mazzucchelli. De todos modos, también Tintín puede considerarse novela gráfica, ¿no? O el Spirou de Franquin o la obra de Chaland. Sigo a Darwyn Cooke, con la serie sobre Parker, a Mazzucchelli, y busco por ahí restos de Alex Toth, Roy Crane y otros clásicos. Leo cuanto puedo de Gallardo, Max y Paco Roca, pero desde que tengo críos dispongo de poco tiempo y de menos dinero. Ando un poco desconectado de todo.

¿Qué hay de El Víbora, en cuyas páginas te profesionalizaste? ¿Tuvo importancia en tu formación?
Fue fundamental. Un día vi anunciado en una revista de Toutain que se ponía a la venta una nueva publicación llamada Goma 3 (que por problemas legales acabaría por llamarse El Víbora). Naturalmente, mi hermano Luis, un año mayor que yo, se encargó de conseguirla. Cuando mi padre nos la encontró y leyó el primer capítulo de Anarcoma nos metió una paliza de las históricas. Echaba espumarajos por la boca. El Víbora me ayudó a entender la narrativa gráfica (como diría Javier Coma, ja, ja, ja) con claves adultas. Recuerdo a Calonge, Gallardo, Max, Jaime Martín, Alfredo Pons, Nazario, Mariscal, Martí, Seguí, Andrea Pazienza, Liberatore, Matthias Schultheiss… Pensado ahora, ya medio viejo, creo que ampliaron el horizonte ético y estético de la historieta española y lo convirtieron en una densa trama de compromisos diversos que nos ha mejorado a todos.


En aquella revista te estrenarías en los años 90 con Camaleón, que ahora se recoge en forma de álbum. Una serie que bebe del noir mediterráneo, del hard boiled y de las múltiples interpretaciones cínicas del género para finalmente instalarse en el clasicismo.
Ja, ja, ja, suena hasta interesante. Era mi primera experiencia en una serie como Dios manda. Venía de dibujar una tira diaria de humor en el periódico Navarra Hoy, en Pamplona, de tono decididamente político-social, pero nada más, y me apetecía hacer una incursión en el género negro.



¿Cuáles son tus intereses o influencias en ese terreno?
Mis lecturas de infancia están ligadas a las colecciones que hacía mi padre de Bruguera y otras editoriales: El club del misterio o El círculo del crimen me descubrieron clásicos como Conan Doyle, Hammett, Chandler, Ross MacDonald, Ian Fleming , Chester Himes, Walter Mosley o el todopoderoso Jim Thompson, además de grandes portadistas y dibujantes y literatos anónimos de a peseta como Curtis Garland (con obras como “Duerme para siempre”, “¡Silba, muerte, silba!” o “Yo fui asesinado”), Silver Kane o Frank Caudett. Poco a poco me interesé por autores contemporáneos no necesariamente anglosajones como Onetti, Borges y Bioy Casares, Rubem Fonseca, Carlos Sampayo, Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Juan Madrid, Paco Ignacio Taibo II, el inmenso Leonardo Sciascia… En general, me siento mucho más próximo a la línea sucia del pulp que al género policíaco de salón y a protagonistas al margen de la ley defendiéndola. Aunque también hay obras de autores no ligados al género pero que entroncan directamente con él que me parecen fundamentales, como “Los hombres duros no bailan” de Norman Mailer, “Santuario” de Faulkner, y su plagio “El secuestro de Miss Blandish”, de Hadley Chase; “Escupiré sobre vuestras tumbas” de Boris Vian o “Billy Bathgate” de E. L. Doctorow. Y hasta un relato excepcional que para mí tiene una innegable lectura en clave de literatura negra: “Un día perfecto para el pez plátano”, de Salinger. Lo último que ha interesado ha sido “El poder del perro”, de Don Winslow o “Sólo un muerto más”, un divertimento de Ramiro Pinilla. En cuanto a cine, creo en todas las obras maestras que ha dado el género, desde El halcón maltés a la saga de El padrino, aunque si he de mencionar algún título con el que tenga más afinidad estética ahí están El silencio de un hombre de Melville, Los asesinos de la luna de miel de Leonard Kastle, el Atraco perfecto de Kubrick o los Reservoir Dogs de Tarantino. En cómic puedo citar a Berardi y Milazzo, Mezzo y Pirus, Thomas Ott, Muñoz y Sampayo, Bernet y Abulí, Frank MillerCamaleón bien puede ser un cóctel de todo ello, pero más que influencias, todos esos nombres los dejaría como intereses, porque no creo que mis historias lleguen jamás a alcanzar la intensidad de sus referentes. 

¿Es Barcelona es un buen escenario para desarrollar el género?
Cualquier lugar en el que quepan dos personas es bueno. ¡Si hasta los suecos, que viven a bajo cero sin pisar la calle, han conseguido desarrollarlo con autores de nivel! Y no me refiero al fenómeno Larsson; Söwal y Wahlöö serían el mejor ejemplo.

Después de Camaleón, aparcaste prácticamente lo de los cómics. ¿Te ofreció más comodidad el dibujo profesional? 
Llegó un momento en que los trabajos alimenticios no me dejaron dedicarme a los tebeos. No disponía de tiempo material, teniendo en cuenta que sólo dibujar cómics resulta ruinoso si trabajas sólo para el mercado español y no eres un autor de primera categoría. No soy muy hábil para abrirme mercados, la verdad, así que pasé a dedicarme al diseño gráfico y la ilustración comercial. Disfruto mucho con la ilustración, intentando encontrar un resquicio de creatividad en encargos tan tutelados. En esta dirección podéis encontrar trabajos de los que me dan de comer y algún otro, incluido un proyecto de tebeo.

Ah, entonces nos quedamos tranquilos, hay proyectos en el cajón…
Algo hay, ¡pero no estoy autorizado para comentarlo! Es una historia larga con guión ajeno y tiene un punto de conexión con la novela negra, por aquello de la degradación de la sociedad y la podredumbre del alma humana en contacto con el dinero…

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